Militancias

Juan Pablo Castel

 

 

La vió pasar por el callejón donde vivía, y desembocar en la avenida. A pesar de los años, supo que era ella. El rostro aún firme, los ojos más sombreados, pero con la severidad de los tiempos cuando las cosas cambiaron políticamente, y tuvieron que refugiarse en la clandestinidad. El destino los separó. Él tuvo que buscar asilo en Estocolmo, donde en los crudos inviernos, la recordaba, montaña adentro, abrigándose los dos de las torrenciales lluvias, con una sábana a la cual el uso y el abuso, habían terminado de dejarla hecha un pellejo maloliente. De ella no supo, cuál fue su rumbo. Los amigos que habían quedado en el país, no supieron darle razón de su paradero. Ahora, había vuelto, y ella había pasado frente a él, mirándolo sin mirar, cuencas vacías. Un jovencito, hijo de la dueña del hostal donde se hospedaba, le dijo, se volvió loca de esperar a un hombre, y a él le rodó una lágrima.

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DIVERSIDAD
dijo:
28/06/2011 a las 17:00

Historias como esta se sucedían con mucha frecuencia en aquellos años convulsionados por la guerra. Separación de dos amantes, separación motivada por el llamado del deber de estar en la trinchera o por el exilio huyendo de la persecución de los esbirros del tirano.

Breve y sentido relato el que compartís hoy con nosotros.

Besitos.

 

Abril Ale

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